16/10/12

Papa recuerda el Concilio


El Papa recuerda el Concilio: “los Padres conciliares no podían y no querían crear una fe o una Iglesia nueva”

A las 5:45 PM, por Buhardilleros 
Categorías : General
En vísperas del comienzo del Año de la Fe, y del 50º aniversario del inicio del Concilio Vaticano II, el Papa Benedicto XVI ofrece a la Iglesia algunos elementos fundamentales para comprender el verdadero espíritu del concilio, en la línea de la “hermenéutica de la continuidad” promovida por él desde el comienzo de su pontificado.

En la audiencia general de esta mañana, en una magnífica catequesis, el Papa ha decidido “empezar a reflexionar sobre el gran evento de Iglesia que ha sido el Concilio, evento del que he sido testigo directo” y realizó una primera e interesante presentación del tema, subrayando la necesidad de “volver a los documentos del Vaticano II, liberándolos de una masa de publicaciones que, con frecuencia, en lugar de hacerlos conocer, los han escondido”.

Además, en la edición especial que L’Osservatore Romano ha publicado con ocasión de este importante aniversario, se incluye un texto del Santo Padre sobre el Concilio Vaticano II, con el cual presenta un volumen que será próximamente publicado por la editorial Herder con la colección de sus escritos dedicados al concilio. Presentamos nuestra traducción de este valioso e interesante texto del Santo Padre Benedicto XVI.

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Fue una jornada espléndida cuando, el 11 de octubre de 1962, con el solemne ingreso de más de dos mil Padres conciliares a la Basílica de San Pedro en Roma, se abrió el Concilio Vaticano II. En 1931 Pío XI había dedicado este día a la fiesta de la Divina Maternidad de María, en memoria del hecho de que, mil cincuenta años antes, en el 431, el concilio de Éfeso había reconocido solemnemente tal título a María, para expresar así la unión indisoluble de Dios y del hombre en Cristo. El Papa Juan XXIII había fijado para aquel día el comienzo del Concilio, con el fin de confiar la gran asamblea conciliar, por él convocada, a la bondad materna de María, y anclar firmemente el trabajo del concilio en el misterio de Jesucristo. Fue impresionante ver entrar a los obispos provenientes de todo el mundo, de todos los pueblos y razas: una imagen de la Iglesia de Jesucristo que abraza a todo el mundo, en la cual los pueblos de la tierra se saben unidos en su paz.

Fue un momento de extraordinaria expectativa. Grandes cosas debían ocurrir. Los concilios precedentes habían sido casi siempre convocados por una cuestión concreta a la cual debían responder. Esta vez no había un problema particular a resolver. Pero precisamente por esto había en el aire un sentido de expectativa general: el cristianismo, que había construido y plasmado el mundo occidental, parecía perder cada vez más su fuerza eficaz. Parecía haberse vuelto cansado y parecía que el futuro estuviese determinado por otros poderes espirituales. La percepción de esta pérdida del presente por parte del cristianismo y de la tarea que de allí se seguía estaba bien resumida en la palabra “aggiornamento”. El cristianismo debe estar en el presente para poder dar forma al futuro. Para que pudiese volver a ser una fuerza que modela el mañana, Juan XXIII había convocado el concilio sin indicarle problemas concretos o programas. Fue esta la grandeza y, al mismo tiempo, la dificultad de la tarea que se presentaba a la asamblea eclesial.

Cada uno de los episcopados indudablemente se acercó al gran acontecimiento conciliar con ideas diversas. Algunos llegaron más con una actitud de expectativa hacia el programa que debía ser desarrollado. Fue el episcopado centroeuropeo – Bélgica, Francia y Alemania – el que tuvo las ideas más decididas. En lo particular el acento era puesto, sin duda, en aspectos diversos; sin embargo, había algunas prioridades comunes. Un tema fundamental era la eclesiología, que debía ser profundizada desde el punto de vista de la historia de la salvación, trinitaria y sacramental; y a esto se agregaba la exigencia de completar la doctrina del primado del Concilio Vaticano I a través de una revaloración del ministerio episcopal. Un tema importante para los episcopados centroeuropeos era la renovación litúrgica, que Pío XII había ya comenzado a realizar. Otro acento central, especialmente para el episcopado alemán, estaba puesto sobre el ecumenismo: el soportar juntos las persecuciones del nazismo había acercado mucho a los cristianos protestantes y a los católicos; ahora esto debía ser comprendido y llevado adelante también a nivel de toda la Iglesia. A esto se agregaba el ciclo temático Revelación-Escritura-Tradición-Magisterio. Entre los franceses se había puesto cada vez más en primer plano el tema de la relación entre la Iglesia y el mundo moderno, o sea, el trabajo sobre el así llamado “Esquema XIII”, del cual luego ha nacido la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo. Aquí se tocaba el punto de la verdadera expectativa del concilio. La Iglesia, que todavía en época barroca había, en sentido lato, plasmado el mundo, a partir del siglo XIX había entrado de modo cada vez más evidente en una relación negativa con la edad moderna, sólo entonces plenamente iniciada.

¿Las cosas debían permanecer así? ¿La Iglesia no podía dar un paso positivo en los tiempos nuevos? Detrás de la expresión vaga “mundo de hoy” está la cuestión de la relación con la edad moderna. Para aclararlo habría sido necesario definir mejor lo que era esencial y constitutivo de la edad moderna. Esto no se ha logrado en el “Esquema XIII”. Si bien la Constitución pastoral expresa muchas cosas importantes para la comprensión del “mundo” y da relevantes contribuciones sobre la cuestión de la ética cristiana, sobre esto punto no ha logrado ofrecer una aclaración sustancial.

Inesperadamente, el encuentro con los grandes temas de la edad moderna no tuvo lugar en la gran Constitución pastoral, sino más bien en dos documentos menores, cuya importancia se ha visto sólo poco a poco con la recepción del concilio. Se trata, en primer lugar, de la Declaración sobre la libertad religiosa, pedida y preparada con gran solicitud sobre todo por el episcopado americano. La doctrina de la tolerancia, así como había sido elaborada en los detalles por Pío XII, no parecía ya suficiente frente al desarrollo del pensamiento filosófico y del modo de concebirse el Estado moderno. Se trataba de la libertad de elegir y de practicar la religión, como también de la libertad de cambiarla, como derechos fundamentales a la libertad del hombre. De sus razones más íntimas, una tal concepción no podía ser extraña a la fe cristiana, que había entrado en el mundo con la pretensión de que el Estado no podía decidir la verdad y no podía exigir ningún tipo de culto. La fe cristiana reivindicaba la libertad de la convicción religiosa y de su práctica en el culto, sin violar con esto el derecho del Estado en su propio ordenamiento: los cristianos rezaban por el emperador, pero no lo adoraban. Desde este punto de vista se puede afirmar que el cristianismo, con su nacimiento, ha traído al mundo el principio de la libertad de religión. Sin embargo, la interpretación de este derecho a la libertad en el contexto del pensamiento moderno era todavía difícil, ya que podía parecer que la versión moderna de la libertad de religión presuponía la inaccesibilidad de la verdad para el hombre y que, por lo tanto, moviese la religión desde su fundamento a la esfera de lo subjetivo. Ha sido ciertamente providencial que, trece años después de la conclusión del concilio, el Papa Juan Pablo II haya llegado desde un país en que la libertad de religión era contestada por el marxismo, es decir, a partir de una particular forma de filosofía estatal moderna. El Papa provenía casi de una situación que se asemejaba a aquella de la Iglesia antigua, de modo que se volvió nuevamente visible la íntima ordenación de la fe al tema de la libertad, sobre todo la libertad de religión y de culto.

El segundo documento que se revelaría luego importante para el encuentro de la Iglesia con la edad moderna ha nacido casi por casualidad y ha crecido en varios estratos. Me refiero a la declaración Nostra Aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Al comienzo estaba la intención de preparar una declaración sobre las relaciones entre la Iglesia y el judaísmo, texto que se volvió intrínsecamente necesario después de los horrores de la Shoah. Los Padres conciliares de los países árabes no se opusieron a tal texto, pero explicaron que si se quería hablar del judaísmo, entonces se debía decir también algunas palabras sobre el islam. Cuánta razón tenían al respecto, en Occidente lo hemos entendido sólo poco a poco. Finalmente surgió la intuición de que era justo hablar también de otras dos grandes religiones – el hinduismo y el budismo – como también del tema religión en general. A esto se agregó luego espontáneamente una breve instrucción relativa al diálogo y a la colaboración con las religiones, cuyos valores espirituales, morales y socio-culturales debían ser reconocidos, conservados y promovidos (cfr. n. 2). Así, en un documento preciso y extraordinariamente denso, fue inaugurado un tema cuya importancia en la época no era todavía previsible. Qué responsabilidades esto implica, cuánto esfuerzo se necesita todavía para distinguir, aclarar y comprender, parecen cada vez más evidentes. En el proceso de recepción activa ha surgido poco a poco también una debilidad de este texto, de por sí extraordinario: habla de la religión sólo de modo positivo e ignora las formas enfermas y distorsionadas de religión, que desde el punto de vista histórico y teológico tienen un amplio alcance; por esto, desde el comienzo, la fe cristiana ha sido muy crítica, tanto hacia el interior como hacia el exterior, frente a la religión.

Si al comienzo del concilio habían prevalecido los episcopados centroeuropeos con sus teólogos, durante las etapas conciliares el radio del trabajo y de las responsabilidades comunes se ha ampliado cada vez más. Los obispos se reconocían aprendices en la escuela del Espíritu Santo y en la escuela de la colaboración recíproca, pero precisamente de este modo se reconocían servidores de la Palabra de Dios que viven y operan en la fe. Los Padres conciliares no podían y no querían crear una Iglesia nueva, diversa. No tenían ni el mandato ni el encargo de hacerlo. Eran Padres del concilio con una voz y un derecho de decisión sólo en cuanto obispos, es decir, en virtud del sacramento y en la Iglesia sacramental. Por eso no podían y no querían crear una fe distinta o una Iglesia nueva, sino más bien comprender ambas de modo más profundo y luego realmente “renovarlas”. Por eso, una hermenéutica de la ruptura es absurda, contraria al espíritu y a la voluntad de los Padres conciliares.

En el cardenal Frings he tenido un “padre” que ha vivido de modo ejemplar este espíritu del concilio. Era un hombre de fuerte apertura y grandeza, pero sabía también que sólo la fe guía para salir hacia fuera, hacia aquel amplio horizonte que permanece cerrado al espíritu positivista. Y a esta fe quería servir con el mandato recibido a través del sacramento de la ordenación episcopal. No puedo más que estarle siempre agradecido por haberme llevado a mí – el profesor más joven de la Facultad teológica católica de la universidad de Bonn – como su consultor a la gran asamblea de la Iglesia, permitiéndome estar presente en esta escuela y recorrer desde dentro el camino del concilio. En este libro se recogen los diversos escritos con los cuales, en aquella escuela, he pedido la palabra. Se trata de pedidos de palabra totalmente fragmentarios, de los cuales se refleja el proceso de aprendizaje que el concilio y su recepción han significado y significan todavía para mí.

Espero que estas múltiples contribuciones, con todos sus límites, en el conjunto puedan de todos modos ayudar a comprender mejor el concilio y a traducirlo en una correcta vida eclesial. Agradezco de todo corazón al arzobispo Gerhard Ludwig Müller y a sus colaboradores del Institut Paps Benedikt XVI por el extraordinario empeño que han asumido para realizar este volumen.

Castelgandolfo, en la fiesta del santo obispo Eusebio de Vercelli, 2 de agosto de 2012.

Benedicto XVI